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Estadio Nacional, no todo fue espectáculo

Fútbol Fútbol Peruano

Estadio Nacional, no todo fue espectáculo

La tarde del domingo 24 de mayo de 1964, nada hacía presagiar lo que estaba por ocurrir en el Estadio Nacional de Lima

Era una cálida tarde de otoño y la selección de fútbol Sub 20 de Perú, se aprestaba para enfrentar al seleccionado argentino que le disputaría la final clasificatoria a las Olimpiadas de Tokio 1964, en un marco festivo del coloso de José Díaz, inaugurado apenas doce años antes, en octubre de 1952. Las fuentes oficiales, en aquel momento daban cuenta de una asistencia de 47 197 espectadores, de una capacidad total de 53 000 plazas.

  • Yo no estaba muy convencido de ir al Estadio, fueron mis cuñados Carlos y Héctor quienes me convencieron de acompañarlos. Entonces el fútbol no era un deporte que me atrajera tanto como hoy.  

Mientras empieza a dar cuenta de sus memorias, Carlos, un gentil hombre, curtido por los años y la nostalgia -sobreviviente de aquella lejana jornada de mayo de 1964, en el Estadio Nacional- se acomoda en la silla, toma el primer sorbo de una taza de tinto café americano y enciende el primero de sus varios cigarrillos. Entonces tenía 19 años y poco menos de doce meses de llegado a la capital, desde su remota Arequipa. Conforme rememora, entorna los ojos… guarda silencio. Tengo vívidos recuerdos, dice.

  • Cuando llegamos al Estadio, el ambiente era un loquerío. Nos ubicamos a mitad de las graderías de la tribuna norte, un poco a la derecha de la torre. El ambiente se sentía amenazador, se respiraba desbordada efervescencia, excitación…bronca.

En aquella época, a diferencia de hoy, en los Estadios se vendían alcohol, cervezas, muchas cervezas y hasta trago preparado, ello explicaría el ánimo desbordado de la hinchada aquella tarde de domingo.

  • Conforme el partido avanzaba se hacía obvio el favoritismo del árbitro para con el equipo argentino. Si la memoria no me es ingrata, el árbitro se apellidaba Pazos.

En efecto, el juez de aquella jornada fue el uruguayo Ángel Eduardo Pazos, que para 1964 apenas tenía tan solo dos años de árbitro FIFA.

  • Ante los desaciertos o sesgos arbitrales, cada vez más gente se iba trepando en la malla olímpica, entre la desmedida euforia y los tragos el ambiente se iba tornando más violento, destemplado.

El equipo nacional solo necesitaba un empate, en tanto que los albicelestes eran líderes del grupo y con la victoria aseguraban el primer cupo de los dos concedidos para Sudamérica.

Argentina anotó el primer tanto del encuentro por intermedio de Néstor Manfredi. La réplica de Perú llegaría con “Nongo” Rodríguez, quien avanzó por la banda y centró a la Rosa. El centro-delantero peruano no pudo consumar y es cuando “Kilo” Lobatón, ante el rechazo del zaguero argentino Andrés Bertolotti, se resguarda con el pie. La pelota pega en el delantero nacional e ingresa en el arco de Cejas, gol. Segundos después, la algarabía de la hinchada peruana, que colmaba el estadio, se vería ensombrecida luego que el árbitro del encuentro anulara el tanto.

En disconformidad con el juez, los jugadores peruanos reclamaban airados, es cuando Víctor Vásquez, el “Negro Bomba”, entró a la cancha. No recorrió mucho antes de que la policía lo contuviera. No obstante, fue la detención de un hincha de nombre Edilberto Cuenca, que fue golpeado y mordido por los perros, la que provocó la furia de la multitud.

  • La policía empezó a lanzar gases, la gente enardecida corría hacia las salidas sin saber que las hallarían cerradas y que allí encontraría la muerte. Nosotros trepamos rápido a la parte alta de la tribuna norte, nos ubicamos junto a la malla que la separa de la tribuna de occidente. Mientras tanto, en el centro del campo y en las cuatro tribunas los gases lacrimógenos formaron una espesa nube, el aire se hacía irrespirable.

Las imágenes de la época dan cuenta de la arremetida policial con gases lacrimógenos, medida que fuera dispuesta por el comandante, Jorge de Azambuja, miembro de la entonces Guardia Civil, encargado de la seguridad del Estadio “Nunca imaginé las nefastas consecuencias”, declararía en el marco de las investigaciones.

  • Mis cuñados, Carlos y Héctor decidieron entonces que debíamos trepar la malla y pasar a la tribuna de occidente, así lo hicimos. Buscábamos cómo salir del Estadio, caminamos presurosos por unos largos pasillos y fuimos a parar a la puerta principal que da a la calle José Díaz, a media cuadra de la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús. Desde la calle se escuchaba el vocerío de la gente que angustiada buscaba salir de aquel infierno.

La infausta jornada dejó como saldo 328 fallecidos y 500 heridos, y sería considerada la peor tragedia ocurrida en un estadio de fútbol.

56 años después, a Carlos aún se le quiebra la voy y enjugan los ojos en lágrimas. “Es doloroso y difícil entender cómo las malas decisiones de un árbitro pudieron ocasionar tantas y tan terribles muertes”, concluye tras siete cigarrillos y dos tazas de tinto café americano.

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